
Nos encontramos en un punto de inflexión en la historia.
Ante la mayor prueba de fuego a la que nos enfrentamos desde la Segunda Guerra Mundial, la humanidad tiene que tomar una decisión difícil y urgente: retroceder o avanzar.
La enfermedad por coronavirus (COVID-19) está trastocando nuestro mundo, poniendo en peligro nuestra salud, destruyendo las economías y los medios de vida y agudizando la pobreza y las desigualdades.
Los conflictos siguen haciendo estragos y no dejan de agravarse.
Los efectos catastróficos del cambio climático —hambrunas, inundaciones, incendios y calor extremo— ponen en jaque nuestra existencia misma.
En todo el mundo, la pobreza, la discriminación, la violencia y la exclusión están privando a millones de personas de su derecho a las cosas indispensables de la vida: salud, seguridad, vacunación contra las enfermedades, agua limpia para beber, un plato de comida o un lugar en un aula.
Cada vez más, la gente da la espalda a los valores de la confianza y la solidaridad mutuas, cuando precisamente los necesitamos para reconstruir nuestro mundo y garantizar un futuro mejor y más sostenible para las personas y el planeta.
El bienestar y, de hecho, el mismísimo futuro de la humanidad dependen de la solidaridad y de que trabajemos codo a codo como una familia mundial en pos de objetivos comunes.
Por el bien de las personas y el planeta, y en aras de la prosperidad y la paz.
